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Categoría: Relatos (página 1 de 3)

Una experta exploradora

El taller de escritura es una de las secciones de la iniciativa Granitos de arena donde se imparte formación gratuita sobre redacción y escritura a los miembros. (Más información)

Escribe un relato basado en una experiencia o un sentimiento propio (o cercano) incluyendo en él un toque de fantasía.

Con trazos torpes e inexpertos, termino mi mapa y lo extiendo ante mí, alargando los brazos tanto como puedo mientras muerdo mi lápiz favorito, que ahora cruza horizontalmente de un lado a otro de mi boca sujeto por los dientes. El mapa me parece de una calidad excelente, así que estoy lista para emprender mi aventura. Me dirijo a la habitación de mi madre, que tiene un gran espejo, y ante él me pongo mi bata de Pocahontas metiéndome el mapa en uno de los bolsillos y una linterna sin pilas en el otro. Después, vuelvo a mi habitación satisfecha atándome la cinta que cierra mi bata en la frente. Ahora soy una experta exploradora adentrándome en el desierto, donde unas pirámides llenas de trampas y seres no-muertos aguardan un importante tesoro.

Vuelvo a mirar mi mapa una última vez y seguidamente lo vuelvo a guardar en un bolsillo que comienza a teñirse de color negro y a expandirse por lo que ya no es mi bata, sino una magnífica gabardina. Al llegar a los extremos de ésta, siento cómo mis pantalones de pijama comienzan a ajustarse a mis piernas progresivamente, convirtiéndose en unos pantalones marrones llenos de bolsillos, que a su vez, dejan paso a unas zapatillas de perritos que van tornándose en fuertes botas de exploradora. Por su parte, la cinta que cubría mi frente se está transformando en un turbante que cubre mi cabeza y cae sobre ambos hombros. A través de la franja que deja el turbante, levanto la vista para ver cómo las paredes se convierten en arena, que cae espolvoreada aquí y allá por encima de la cómoda, la cama, el armario y el resto de muebles de mi habitación, que comienzan a disolverse a la par que mi techo va desapareciendo y los focos que alumbran mi cuarto se van uniendo conformando un majestuoso y abrasador sol que me hace entrecerrar los ojos y dar gracias por haberme puesto el turbante. El suelo tiembla ligeramente y siento que mis pies quedan envueltos en algo menos estable: arena.

Las dunas van apareciendo por todas partes, y al fondo parece erigirse una gran construcción, la cual reconozco antes siquiera de que esté completa: es la pirámide que he venido a explorar. Un cosquilleo recorre mi pequeño cuerpo mientras me pongo en camino: no hay tiempo que perder, hay mucho que hacer antes de que mamá me llame para merendar.

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Fuego de salvación (Bloggerland #3)

Bloggerland es el juego de rol oficial de la iniciativa Granitos de arena. Encontrarás los enlaces al principio y al final de cada relato para moverte entre capítulos. (Más información)

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El acto contra aquel muchacho no tuvo las consecuencias que esperaba. Me mantuve en todo momento cerca del límite del bosque colindante con el asentamiento, y todo estaba sumido en una profunda e inquietante normalidad. ¿Por qué no atacaban? ¿Por qué ni siquiera miraban hacia el bosque? ¿Por qué parecía que no había pasado nada?

Pasé unos días al acecho, olvidándome de que tenía una comunidad unos kilómetros más adentro en el bosque, y me centré en observar a los enanos con más detenimiento. Era imposible que no estuvieran preparando algo, y me convencí de que quizás estarían fingiendo que todo seguía como siempre por si estábamos observando, lo que significaba que tendría que acercarme más a ellos, observarles más de cerca.

Esperé a que despuntase la noche después de tomar la decisión de acercarme a espiarles, y bajé de las copas de los árboles. Recuerdo que entre la densa maleza y la oscuridad de la noche, a penas podía ver nada, así que esperé a que mis ojos se acostumbrasen y posé mis pies sobre la tierra por primera vez desde que había acontecido aquel suceso.

Un haz de luz cruzó el cielo ante mis ojos como una estrella fugaz, y de hecho habría pensado que de eso se trataba si no fuera de un color anaranjado. Me encogí abrazándome las piernas, intentando parecer lo más pequeña posible y camuflándome entre las hojas… ¿Una flecha prendida? Era una buena forma de sacarnos del bosque: quemándolo. Sin embargo, no había atisbo de incendio por ninguna parte y no volví a ver nada parecido, por lo que me convencí de que habría sido una ilusión óptica y mi temor fue remitiendo poco a poco con el paso de los minutos.

Extendí una de las piernas, saliendo a tientas de mi improvisado escondite y moviéndome con sigilo a pesar de que era consciente de que quedaba aún una distancia razonable hasta llegar al asentamiento y una docena de metros para salir del bosque, sin embargo, tenía la extraña sensación de que alguien me observaba, de que había alguien cerca, y eso me llevó a un pánico irracional que me llevó a la paranoia durante unos segundos. Subí rápidamente, resbalándome hacia la copa del árbol más cercano jadeando y casi rompiendo a llorar, y me giré para ver si alguien me seguía.

Estaba a punto de volver a girarme para dar un paso hacia adelante cuando la vi, aunque fueron unos segundos: unos ojos encendidos de venganza, un destello y un estallido de cenizas que me salpicaron todo el cuerpo. Pensaba que mi corazón se desbocaba, quería gritar y salir corriendo, pero me quedé petrificada intentando razonar conmigo misma, intentando saber qué acababa de pasar, y me limpié la cara con el reverso de la mano para ver las cenizas que me acababan de bañar.

Levanté la vista y la vi: era un majestuoso pájaro de fuego. Supe que era hembra por sus pestañas, que se extendían largas hacia los lados, causando un efecto irresistible. Me miraba, perpleja, y creo que algo confusa por lo que acababa de pasar, tal como lo estaba yo.

-¿Estás bien? – preguntó observando el escenario con sus enormes ojos llenos de culpa – he actuado sin pensar… – seguidamente sacudió la cabeza y esbozó una especie de sonrisa – soy Aylen.

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¿De qué sirve sobrevivir? (Bloggerland #2)

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Ya era una realidad: la llanura había caído. Siglos y siglos perteneciendo a las veelas, a mi familia, y habíamos tenido que huir hacia el bosque del embrujo. Sabíamos que allí no se atreverían a entrar los enanos, que era territorio mortal para ellos, y sabíamos que estábamos a salvo. ¿Y de qué servía?

Recuerdo como una vez dentro del bosque, internas en la maleza, todos los ojos se dirigían a mí. Recuerdo el nudo en la garganta, la respiración entrecortada y la sensación de que iba a perder la consciencia en el momento en que me di cuenta de por qué me miraban. Asumí que mi madre había muerto, asumí que el poder estaba en mí y asumí que la que iba a ser la futura reina había estado bailando en el momento en el que el enemigo había entrado en nuestro territorio. Asumí que era estúpida, y asumí que quien debía haber muerto, era yo y no mi madre, una reina justa, noble e inteligente que sabía llevar un reino como el nuestro, que ocupaba todo un continente (exceptuando el monte de los grifos) sin estragos ni disputas entre sus habitantes.

¿Qué narices hacía yo viva? ¿Qué podía hacer en ese momento? Desde luego, no romper a llorar desconsoladamente, porque eso hizo que mi pueblo comprendiese que conmigo al frente, estábamos perdidas. Ellas vieron en mí la desesperación y el miedo que sentía ante la situación. Estábamos perdidas, y todas éramos conscientes de ello.

Estuve durante quince años ausente. A veces me acercaba a la llanura de Imeph, donde se habían establecido los enanos, y divisaba su asentamiento, viendo cómo eran felices a nuestra costa, cómo disfrutaban de nuestras infraestructuras, de nuestros cultivos, de nuestra tierra.

Mi pueblo se convirtió en un pueblo nómada dentro del bosque. No había poblaciones fijas allí, sin embargo, algunos de los errantes más peligrosos de nuestro mundo campaban a sus anchas por el terreno. teníamos pequeñas tiendas hechas con ramas y árboles que abandonábamos cada medio año, y anualmente, se hacía un baile en memoria de nuestros seres queridos caídos, un baile donde yo nunca participaba. Tampoco tenía una tienda, como las demás, sino que siempre estaba desaparecida de los ojos de todos, en las copas de los árboles.

Un día, durante el decimosexto aniversario de la masacre, me encontraba divisando, como siempre, el asentamiento enano, y fue entonces cuando vi una madre y un hijo en las inmediaciones del bosque. Los troncos en brazos de ambos hacían la confesión directa de que estaban en busca de leña, y tras los tres lustros de acumulación de odio hacia esa raza, bajé de mis copas para vengarme.

Hice que la madre viera todo sin poder hacer nada, y después le entregué el cadáver de su hijo, en forma de mensaje para toda su raza.

“Dile a tu pueblo que vamos a volver, y que a diferencia de vosotros, nosotras no dejaremos que quede nadie con vida, ya que… podría intentar vengarse” Sonreí de la forma más macabra que me permitió mi rostro y me marché, dejando a la madre caer sobre sus rodillas, gritando al cielo con su hijo en los brazos. “¿Por qué?” preguntaba… y yo también me hacía la misma pregunta.

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El baile de la muerte (Bloggerland #1)

El polvo se levantaba alrededor de sus pies, y su pelo, como una larga sucesión de hilos de plata, llevaba su propio compás. Ella bailaba, sintiendo como las tobilleras y las pulseras se agitaban en torno a sus muñecas y a sus tobillos. Ella bailaba, sin que nadie pudiera pararla. Ella bailaba, sintiendo cómo todos los ojos se posaban en ella. ella bailaba, aún sin música, pues no le hacía falta. En resumen: ella bailaba.

Ella, que hoy en día soy yo, pero que ya suena tan lejano que parece que fuera otra persona. En aquella época era feliz, en aquella época no podía parar de sonreír, y aunque todo se estuviera torciendo, aunque estuviera a punto de estallar una guerra entre mi reino y el de los enanos, me negaba a empuñar una simple espada. Quién me lo diría… yo, huyendo de la guerra, tratando de solucionarlo todo… simplemente bailando… supongo que en aquel entonces solamente era una veela necia, y que por mucha importancia que pareciera ostentar el cargo de princesa, en realidad no iba a madurar más rápido que nadie, seguía siendo una cría de ochenta años, y eso no lo iban a cambiar ni todos los cargos del mundo. ¿O sí?

Era de noche, recuerdo perfectamente que la tierra bajo mis pies estaba húmeda, dado que estaba a escasos metros de la orilla del río, y que la luna se reflejaba en él, creando una combinación perfecta junto con las luciérnagas que lo sobrevolaban. Todo allí era mágico, y era consciente de que yo no era la excepción: notaba cómo unos ojos me miraban desde los árboles, y no me hacía falta ver claramente a sus dueños para saber que estaban haciendo lo imposible para no venir hacia mí. Es el efecto que tenemos las de mi raza, y aunque siempre tuvimos una clara tendencia hacia lo demoniaco y el lado oscuro, simplemente me estaba divirtiendo. Como ya he dicho, era simplemente una niña, una niña estúpida que no se imaginaba que los tres pares de ojos que la observaban pertenecían a enanos colocados allí estratégicamente para entrar a asaltar el palacio. ¿Para qué sirvió aquel estúpido baile? simplemente para salvarme, ya que de no haber estado bailando, no se habrían quedado completamente obnubilados y aquella noche no solo hubiera muerto la reina, es decir, mi madre, sino también yo.

Aquel fue el principio de la guerra entre veelas y enanos. Un inicio de guerra que, estúpida de mí, viví… bailando. Desde entonces, solo volví a bailar una vez más, y creedme: valió la pena.

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UNA LISTA DE RECUERDOS A ORILLAS DEL RÍO GUADALQUIVIR

Este relato fue presentado a un concurso hace unos meses. Entre las normas estaban no pasarse de quinientas palabras y mencionar el río Guadalquivir, y esto es lo que surgió. Espero que os guste.

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Corriendo entre los árboles. Así se encontraba el pequeño Fernando en aquel momento.
– ¡Corre, mamá! – gritó – ¡Ya lo veo!
Su madre, agotada por el calor y las prisas de su pequeño, alcanzó al fin su posición.
– Venga – le frotó cariñosamente el pelo, y le dió un pequeño toque en el hombro que indicaba que ya era libre.
A Fernando le encantaba salir de picnic. Su madre madrugaba para preparar tortilla de patata (su comida favorita) y algún que otro bocata.
Su padre se encargaba de guardar todo lo necesario para pasar un día que el pequeño niño sabía que sería inolvidable, y su hermana mayor, que trabajaba en un multiaventura divirtiendo a los niños que iban de excursión, era toda una experta en preparar mapas y juegos. Al final del día, completamente agotado, dormía como un angelito.
La primera pista. Eso es lo que había visto el pequeño niño. Un pañuelo rojo que colgaba de una rama. Su madre no le dejaba comenzar  las pruebas sin estar delante, por eso de que podía ser peligroso.
Y así, pista tras pista llegó la hora de comer, y más tarde, la de irse.
Fernando había recolectado todas las pistas y había ganado el nuevo álbum de cromos de su serie favorita. Ya montados en el coche lo exhibía con orgullo ante los ojos de su madre.
El vehículo se detuvo más adelante. La familia acostumbraba a tomarse un refresco o un helado a orillas del río Guadalquivir después de cada picnic, y esta vez no sería menos.
El río se veía especialmente bonito al anochecer, cuando sus aguas se teñían de un tono entre añíl y morado y la luna podía reflejarse con total nitidez.
– ¡Mira, mamá! – Fernando señalaba una de las páginas de su nuevo álbum.
Pero su madre ya estaba lejos, muy lejos. Recordando la primera vez que estuvo allí, el día en que su ahora marido, le había pedido que fuese su novia, y donde más tarde le propuso ser algo más.

Es por eso que ahora, con hijos, decidían ir cada quincena a completar poco a poco la lista de recuerdos a orillas del Guadalquivir.

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